Redes sociales: ¿divertidas, productivas o una obligación más?

Expertos en SEO, social media managers, twitterstars, obsesos del Facebook y del Linkedin, exhibicionistas de Pinterest y controladores del Foursquare… Raro es aquel que no dedica como mínimo un rato al día conectándose a alguna red social virtual. Y aunque cueste creerlo, nada de esto existía hace muy poco tiempo –y probablemente tampoco será igual dentro de unos años.

En sus comienzos, las redes sociales virtuales parecían una gran idea como extensión de la vida social real. Pero con el tiempo han tomado su propio lugar en nuestras relaciones y en algunos casos hasta han llegado a sustituirlas. De ahí que, según apuntan los expertos, nuestros comportamientos personales del mundo real se reproduzcan en el mundo virtual. Por ejemplo, un estudio reciente demuestra que cuantas más fotos publica un usuario en Instagram, menos “me gusta” obtiene. Pero la pequeña frustración que puedan sufrir los adictos a exhibir sus almuerzos o sus pies en este tipo de redes no es nada comparada con los problemas de seguridad que pueden acarrear algunos deslices como anunciar las fechas de nuestros viajes (equivale a decirle a todo el mundo cuándo estará vacía nuestra casa).

Por otro lado, para muchos profesionales y prácticamente para cualquier empresa es casi obligatorio estar presente en todas o alguna de las grandes redes sociales. Como clientes o consumidores, puede llegar a resultarnos sospechoso que determinada compañía no tenga una página en Facebook o una cuenta en Twitter, y que si la tiene no esté muy activa. Si bien es cierto que para pequeñas empresas o para trabajadores independientes puede ser una gran ventaja darse a conocer en los “social media”, también es verdad que a fin de cuentas termina siendo una tarea más que llevar a cabo y que no siempre resulta rentable, sino más bien engorrosa. Y desde el punto de vista de los que no son muy diestros en el manejo de estos medios como plataforma profesional, se considera injustificada la importancia que tiene destacar en las redes.

Uno de los aspectos más curiosos de este fenómeno ¿social? ¿tecnológico? es que, al igual que sucede en algunas conversaciones donde la comunicación es confusa o incompleta (por ejemplo porque hay demasiado ruido), los interlocutores tienden a exagerar los gestos, a gritar o a intentar condensar lo que quieren decir en muy pocas palabras para captar la atención de los demás. Naturalmente, esto impide que sea muy difícil entender bien a los demás o explicarse bien uno mismo y provoca que a veces nuestras intervenciones sean exageradas. Es como si quisiéramos resumir nuestros sentimientos en 140 caracteres, una fotografía o con un emoticón. Imposible. Pero una vez asumimos la intrascendencia o la relatividad inherente a esta forma de comunicación, puede ser muy liberador dar rienda suelta a nuestras ocurrencias, nuestros ataques de narcisismo o nuestras rabietas si sabemos que los demás las van a tomar como lo que son: unos pocos kilobytes efímeros que a veces nos salen directamente del corazón y otras veces no reconoceríamos como nuestros.

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