Nuestra paradójica y anumérica relación con los seguros

Hoy en día, hay seguros para todo: seguros de vida, seguros de coche, seguros de viaje por si surge una cancelación imprevista… Y esos son solo los más corrientes: también puedes comprar seguros de sol por si hace mal tiempo en la playa, seguros contra eventos improbables como que se queme tu casa o seguros por si no puedes pagar la hipoteca. Dejando de lado los más exóticos, como asegurar las piernas de un futbolista, la voz de un cantante o asegurarse en caso de abducción alienígena (que existe, se vendieron 30.000) es interesante mirar cómo funcionan en general los seguros y nuestra percepción un tanto errónea y paradójica muchas veces sobre ellos.

Los renombrados autores de uno de los libros más curiosos de los últimos tiempos, Freakonomics, Stephen Dubner y Steven Levitt, analizaron el escenario en su programa de radio en forma de podcast y extrajeron algunas conclusiones curiosas, que explican por qué no merece la pena contratar muchos seguros aunque a veces no nos damos cuenta de ello. De las muchas cosas de las que hablaron en la charla destacan estas joyas.

  • Las personas somos muy malas valorando los riesgos… Por desgracia, el anumerismo entre la población es rampante: cada vez parece que sepamos menos de números y cálculos básicos. Mucha gente no solo no es capaz de calcular las probabilidades de que algo suceda (ej. sufrir un incendio, un robo o un accidente casero) sino que es incapaz de dar el paso más allá de entender cómo le compensaría la cobertura pactada una vez que ha sucedido algo y si a lo largo del tiempo eso es rentable o es preferible simplemente ahorrar.
  • … y al mismo tiempo sobrevaloramos lo que supondría recuperar las cosas. Otro problema relacionado con lo anterior es que tampoco somos unos genios calculando lo que nos costaría recuperar lo perdido, y la relación entre todo ello y las primas que se pagan mensual o anualmente por algo. Un caso típico es pagar 6 euros al mes como seguro de un teléfono inteligente que ha costado tal vez 200 euros. Si a los 18 meses te lo roban y aplicas el seguro, resulta que habrás pagado 18 x 6 + 200 = 308 euros, pero tal vez recuperes solo 100 o 150 euros, apenas la mitad.
  • (Por no hablar del papeleo). Cuando te venden los seguros todo son consejos maravillosos y buenas palabras, pero quien haya tenido que presentar la documentación para intentar cobrarlo sabe que la tarea es de todo menos fácil. Lo primero es que raras veces se cobra todo lo que se ha pagado (por ejemplo en un billete de avión) porque ciertos conceptos “no van incluidos en el seguro”. Después hay que presentar documentación en ocasiones inaudita: los robos y pérdidas generalmente han de denunciarse oficialmente y a veces no basta con haber sufrido el robo tal cual, por ejemplo en el coche, sino que hay que haberlo visto e intentado dar el “¡alto!” al ladrón (!) Y pocas experiencias hay tan penosas como tener obligatoriamente que presentar documentación médica detallada para recuperar el dinero de un viaje, sobre todo cuando es debido a causas de terceros, por ejemplo, un familiar que enfermó y al que tuvimos que quedarnos a cuidar.
  • Recuperarse y reconstruir no es tan difícil. Esa sobrevaloración de lo que tenemos nos hace de forma psicológica “inflar” el valor de algunas cosas, y si las incluimos dentro de un seguro podemos estar cometiendo un error. El disco duro donde se guardan las fotos familiares puede haber costado 100 euros. Pero su valor si es el único sitio en que están puede considerarse “sentimentalmente infinito”. No tiene sentido ponerle un valor de 1.000 o 10.000 euros como parte del valor de la vivienda: no vamos a recuperar las fotos si se quema la casa y estaremos pagando una prima altísima por algo por lo que nos reembolsarán… simplemente dinero. Es mucho más lógico no incluir eso en el seguro y gastar el dinero en una o dos copias de seguridad que se guarden en otro sitio.

Entre los seguros más o menos habituales que se consideran sobrevalorados se suelen mencionar los seguros de vida para niños (¿no son los seguros para proteger a quienes dependen de los asegurados?), los seguros de impago por si no se puede hacer frente a ciertas deudas (como hipotecas), los seguros de mascotas (una especie de seguros médicos que casi nunca compensan y que van más allá del de reponsabilidad civil obligatorio, que sí que hay que tener), los seguros de gadgets de todo tipo y los seguros de vida específicos de algunos billetes de avión – un evento tan improbable que con tener un seguro de vida normal y corriente es más que suficiente.

Dubner y Levitt proponen además algunas pistas para entender mejor los seguros: basta darse cuenta de que las empresas de seguros basan su negocio en dos cosas, por un lado, en cobrar a la gente más en primas que lo que pagan en compensaciones a los asegurados (en su conjunto). Así obtienen pingües beneficios, incluyendo un montón de dinero que pueden gastarse en anuncios en prensa, radio y televisión. Todo ese dinero que gastan en anunciarse, más todo el que ganan y reparten entre sus accionistas, más todo el que emplean para pagar oficinas, empleados e impuestos, es el dinero extra procedente de los clientes que calcularon mal su riesgo.

Por otro lado, aunque todo ese juego con el riesgo, las primas y las compensaciones sea parte del teatro de los seguros, los economistas de Freakonomics apuntan a que en realidad estas empresas ganan más dinero especulando con el dinero que atesoran que lo que ganan realmente con las transacciones con sus clientes. Dicho de otro modo: el dinero que la gente aporta se usa para generar más dinero y de ahí solo hay una parte que es la que se devuelve a los clientes como compensaciones. Entender esto podría hacer que mucha gente se replanteara en qué extraño concepto invierten su dinero: si en un seguro buscando eliminar ciertos riesgos o en algo que va más allá adentrándose de forma invisible en los extraños recovecos de los “mercados” y los movimientos de capital más difíciles de entender todavía.

Foto | Asegurada de Incendios (CC) Olga Berrios @ Flickr

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