La difícil y metódica optimización en el pequeño mundo de los ascensores

Como medio de transporte es tan cotidiano que a muchos nos pasa desapercibido, los ascensores que encontramos en edificios y oficinas encierran todo un pequeño mundo de idas, venidas y algoritmos matemáticos con un solo propósito: hacer su trabajo de forma óptima. En juego están su desgaste y mantenimiento, el consumo de energía y –lo más importante– el valioso tiempo de los pasajeros que los utilizan.

Ahora el Wall Street Journal ha rescatado la preciosa historia de Theresa Christy, una matemática que trabaja desde hace 25 años para Otis, la marca de ascensores por excelencia, en donde atesora 14 patentes. Allí se cuentan algunos de sus métodos de trabajo –simulaciones que califica como “propias de videojuegos“– y ciertas curiosidades sobre cómo funcionan estos ingenios, tan habituales en todos los edificios desde hace más de un siglo.

Quien más quien menos todo el mundo ha oído hablar sobre algunas de las ideas relativas al funcionamiento y control de los ascensores: cuando en un edificio hay un grupo de varios de ellos para servir a los mismos tramos, encontrar el algoritmo o fórmula que optimice las velocidades de transporte de sus usuarios dista de ser trivial. La mayor parte de las veces, la mejor estrategia es un ensayo-y-error y crear una simulación en la que se varían diversos parámetros. Si en el edificio además hay varios grupos de ascensores y necesidades de sus ocupantes, la cosa se complica sobremanera.

Imaginemos un edificio con un ascensor único: en vez de pararlo donde vaya quedando a medida que la gente lo utiliza, suele ser más práctico enviarlo vacío a la planta baja transcurrido cierto tiempo. De este modo está listo para todos los que quieren subir –algo más común que bajar desde una planta determinada. Otra forma que existe de optimizar instalaciones tan sencillas es desplazar los ascensores a los lugares adecuados en momentos clave (ej. plantas determinadas de una oficina) en función de los horarios de entrada o salida.

En los grandes rascacielos surgen otros problemas que atender: según los estudios de Christy, lo que más molesta a la gente es esperar más de 20 segundos tras pulsar el botón de llamada. Y luego vienen las diferencias culturales: los asiáticos, por ejemplo, prefieren saber con una indicación luminosa qué ascensor va a llegar a transportarles, para poder hacer cola ordenadamente. En otros lugares hay que planificar meticulosamente cómo vaciar edificios completos varias veces al día para que la gente pueda bajar a rezar, por ejemplo.

El espacio que se necesita dentro del ascensor también varía de unos lugares a otros: los occidentales encuentran confortable que haya más “espacio personal” a su alrededor. En ciertas situaciones también puede ser necesario desplazar un ascensor de forma “directa” saltándose las peticiones de las diversas plantas intermedias; hay llaves de emergencia y combinaciones de teclas especiales para ello. Respecto a los “códigos secretos” –casi leyendas urbanas– que permiten por ejemplo anular la llamada de un ascensor o saltarse las plantas pulsando ciertas combinaciones… pues bien: algunos son una leyenda y otros no… todo depende del fabricante.

Foto | Elevator doors (CC) Masato OHTA @ Flickr}

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